—¿No has dejado de llorar? —susurró una voz
en su interior. —¡Qué tonta eres! —continuó la voz—. Date cuenta que él nunca
te amó, ¿por qué habrías de dedicar tu tiempo, tu vida a esa persona?
Ella escuchaba atenta mientras sus lágrimas
recorrían sus mejillas sin parar.
—¿Duele? —insistió la voz un tanto cínica.
—Sí —dijo ella entre sollozos y con la voz
entrecortada—, y mucho —terminó con la cabeza baja.
—Desde el principio él te dijo que no podía
darte nada —continuó la voz seria.
—Nunca le pedí nada.
—Él te dijo muchas veces que era un juego
—insistió una vez más.
—Aún así, estuve dispuesta sólo por amor.
—Nunca te dio prioridad —dijo tajante.
—Nunca se la pedí.
—¿Segura?
Ella dudó un poco y pensó que tal vez todas
las veces en que le pedía una oportunidad eran una manera de exigirle
importancia.
—Nunca me quiso, ¿verdad? —analizó triste.
La voz sólo negó cabizbaja.
—Yo siempre estuve ahí cuando me necesitó
—continuó dolida—, nunca le fallé. Una y otra vez me hacía lo mismo y no lo
quise ver. Decía entenderlo y hasta aceptar cuando ya no quería nada y al poco
tiempo volvía. Sé que regresará.
—Y que tú caerás —contestó la voz vencida.
—Pero es que lo amo —insistió la chica.
—Y serás su juego más divertido porque no
tendrá un compromiso, una y otra vez hasta que se canse de ti o se consiga
otra.